5 mar. 2012

COSAS DE XOLOS


Por: Raymundo Flores Melo

A los poseedores de un xoloitzcuintle les ha sucedido una que otra anécdota en torno al comportamiento de su mascota, tanto de las buenas, como las que podemos calificar como “malas”. Destacando, claro, las positivas y aquellas que alegran el día.

Dentro de estas tenemos de todo como en botica. Están las que ponen de manifiesto el espíritu cazador del xolo persiguiendo aves, ratas, lagartijas y pequeños animales con los que se topa; otras que hablan de protección a los miembros de la familia, de fidelidad y cariño a su dueño; sin dejar de lado las que dan cuenta de su gran apetito y el gusto con el que ingieren toda una gama de alimentos… De su curiosidad casi infantil.

De las anécdotas sobresalen las que hablan del rechazo por su rareza o la sorpresa de la gente al toparse con un xoloitzcuintle vivo, frente a frente, y no poder saber como clasificarlo ni siquiera tener la certeza de lo que es, si tocarlo o no tocarlo…

También tenemos las que hacen que nos molestemos con ellos. Cuando acontecen, sólo hay que ver la cara de circunstancia que pone el pequeño can alertado por el tono voz, tal pareciera que se apena por lo que hizo y que no quiere ser la causa del enfado, todo esto alternado con un corto y rápido movimiento de cola, y orejas gachas.

Entre los sucesos negativos, en el caso de los machos – de cualquier raza – esta el marcar su territorio en el lugar menos indicado (para nosotros), lo que se convierte en un eterno limpiar y lavar el sitio y objetos afectados. Justo este tipo de evento es el que trae a la memoria un pequeño relato de lo sucedido al muralista mexicano Diego Rivera (1886-1957).

Xólotl, aquel xoloitzcuintle que fue representado por Frida Kahlo en algunas de sus pinturas[1] es el protagonista de la misma. Según nos cuenta Martha Zamora[2], este perro era el preferido de los Rivera, pues resulta – prosigue, citando a la crítica e historiadora de arte, Raquel Tibol – que un buen día “éste ‘echo sus aguas’ sobre unas acuarelas del maestro, quien lo persiguió para matarlo con su machete. El perro hizo un mohín de arrepentimiento y Rivera acariciándolo le dijo: ‘Señor Xólotl, emperador de Xibalba, Señor de las Tinieblas, es usted el mejor crítico de arte’[3].

De “crítico de arte” de la obra de Rivera, pasando por un buen acompañante y amoroso xolo, debemos concluir, por todo lo que suscita por donde pasa y hace, que como este perro mexicano, que ha pervivido durante siglos como compañero de los antiguos y nuevos mexicanos, no hay dos.


Marzo de 2012.

[1] Me refiero a El Abrazo de Amor de El Universo, La Tierra (México), Yo, Diego y el Señor Xólotl, 1949. (Colección J. y N. Gelman) y a Xibalba-Alado-Xólotl-7 ríos (Soñado por FrIda Kahlo) de la colección de Rafael Coronel.

[2] ZAMORA, Martha. Frida, el pincel de la angustia. México, Edición de la autora, 1987, p. 377

[3] Ibíd. p. 377